No soporto a Daniel el cabrón. Hubo un “incidente” en un motel, algo tan pequeñito e insignificante que, por supuesto, no me ha traumatizado de por vida ni me ha convertido en una soltera empedernida que niega por completo la existencia del amor.
Por favor. Es absurdo. No le concedáis más importancia de la que tiene.
El único problema aquí es que, desde que Demeter, la editora más hija de perra a este lado del Mississippi, nos persuadió a los dos para que formemos parte de un estúpido show televisivo, mis amigos fruncen el ceño más de la cuenta.
En serio, ¿qué creen que voy a hacer? ¿Matar a ese impresentable repeinado en horario infantil?
O, lo que es aún peor, ¡¿besarle?! Puaj, puaj. ¿Estáis locos?
Lo más probable es que deje un rastrillo bocarriba para que lo pise accidentalmente y se haga un chichón enorme en la frente.
Porque la venganza, amigos, tiene nombre de mujer.
En este caso: Lucy.
Muajajajajaja.